Los últimos acontecimientos alrededor de PlayStation han provocado una marea de críticas por parte de la comunidad de usuarios de todo el mundo. Y es que a partir del año que viene ya nada será lo mismo en torno a sus consolas, el formato físico ya no existirá para los próximos lanzamientos de la compañía, optando únicamente por el formato único digital.
PlayStation llegó a nuestros hogares a mediados de los años 90, cambiando por completo el concepto de los videojuegos. Sin embargo aquella máquina no era una simple consola más. Fue parte de nuestra infancia, nuestra adolescencia y, de alguna manera, de nuestra propia historia como jugadores.
Pero volviendo a la nueva política de PlayStation, quizás lo más preocupante no sea que dejemos de comprar juegos físicos, sino que hemos aceptado llamar -compra- a algo que, en realidad, se parece cada vez más a un alquiler indefinido. Algo que va costarnos asumir es ver como la compañía que hace más de 30 años cambió el panorama de los videojuegos, torna hacia un nuevo modelo negocio en el que cada vez tenemos menos control de lo que compramos.
Todos sabemos que la evolución es un proceso inevitable. Ya vimos como la llegada de la era digital hizo que los videoclubs desaparecieran de nuestras ciudades, dando paso a las plataformas de streaming. Llegada de internet cambió el concepto del juego multijugador, de las compras y de los contenidos. Mientras el formato digital cada vez le come más terreno al físico.
Las compañías viven de números y necesariamente tienen que cambiar constantemente su modelo de negocio a las nuevas tendencias para maximizar sus beneficios aún sabiendo que sus decisiones pueden afectar seriamente la opinión de sus usuarios.
Sin embargo, nada de esto es necesariamente malo. Es evidente que, por mucho que nos cueste asumirlo, el formato digital tiene sus ventajas, vivimos en la era de la inmediatez. Nos ahorramos las interminables colas para comprar o recoger las reservas de los lanzamientos más esperados, retrasos de distribución y stocks agotados. Además los costes de producción son muchísimo menores e incluso permite que hasta pequeñas desarrolladoras, lleguen a millones de jugadores a través de plataformas digitales sin tener que realizar una inversión millonaria.
El problema llega cuando estamos comprando a precios desorbitados algo que no es físico, y que además según anunciaron nunca será tuyo, solo adquieres una licencia. Porque cuando comprábamos un videojuego físico teníamos algo que podíamos guardar en nuestra casa, crear una colección, prestárselo a un amigo, venderlo para financiar parte de la compra de un nuevo videojuego, e incluso volverlo a jugar tras 20 años. Quizás, lo más importante es que sabíamos dónde estába en todo momento nuestro videojuego.
Esta evolución no solo afecta al usuario final.
El abandono progresivo del formato físico lleva afectando a todo un ecosistema logístico que durante décadas ha formado parte de la industria de los videojuegos: tiendas especializadas, grandes superficies, distribuidores, fabricantes, transportistas y, especialmente, el mercado de segunda mano. Ese ciclo desaparece cuando realmente lo que compramos deja de ser de nuestra propiedad.
Y aquí es cuando la nostalgia entra en escena.
Porque no echo de menos el simple hecho de que ya apenas existen esos los manuales diseñados con tanto mimo. Ni esas cajas amontonadas que adornaban nuestras estanterías. Hecho de menos la sensación de que lo que compraba era realmente de nuestra propiedad y que podemos transferir libremente. Y ahora me planteo ¿Estamos ante la evolución natural de la industria o ante la desaparición de nuestra manera de sentir la cultura de los videojuegos?
Porque quizá el final del formato físico no sea realmente el final de los videojuegos tal y como los conocimos. Pero sí puede ser el final de una determinada manera de entenderlos. La de entrar en una tienda, mirar las estanterías, elegir una caja, pagarla, llegar a casa y saber que ese juego iba a seguir allí aunque la tienda cerrase, aunque desapareciera internet o aunque la compañía dejara de existir.
Quizá dentro de treinta años nuestros hijos tendrán cientos de videojuegos en sus bibliotecas digitales y no entenderán por qué nosotros guardábamos cajas en las estanterías. Y nosotros probablemente tampoco entenderemos cómo pudimos aceptar que una biblioteca entera de videojuegos cupiera en una cuenta que, en realidad, nunca fue completamente nuestra.
Puede que la nostalgia no esté llegando a su final. Puede que lo que esté llegando a su final sea aquello que la hacía posible.